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Atahualpa o la Poética del Trueno

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Nishimura, Keiichi - Grullas sobre la Luna

Rodolfo Kusch describe en América Profunda la aprehensión de Atahualpa, según un drama quechua anónimo. Atahualpa llegó en la mañana a la ciudad de Cajamarca a encontrarse con Pizarro, vestido con sus atributos reales y  escoltado por treinta mil hombres; las tropas lo esperaban, apostadas y ocultas entre los edificios.


Los españoles desarmaron a la escolta, cuyos miembros no esperaban el ataque, y el padre Valverde, asistido por un intérprete y aplicando lo establecido por las Leyes de Indias, instó a viva voz Atahualpa a abrazar la religión cristiana, entregándole una Biblia.

El Inca toma el libro, lo huele, pasa la lengua por sus tapas, lo palpa lo acerca a sus oídos,  y finalmente lo arroja al suelo y expresa en quichua algo así como ¡esto no me dice nada!. Era la señal que se esperaba; los soldados escondidos lo detienen y ya en la cárcel, se le exige para su liberación dos habitaciones llenas de oro y plata. Atahualpa accede, pero igual se lo condena a muerte por apóstata y fratricida, ya que había matado a su hermano Huáscar en la lucha dinástica. Al ser condenado a la hoguera, accede a bautizarse y abrazar el cristianismo con tal que se conmute la pena por la horca.

El diálogo entre el Inca y el sacerdote católico, expresa la confrontación entre un culto impuesto, racional, confesional, dogmático y la pertenencia natural del ser humano a una dimensión   mítica, donde el hombre forma parte del medio natural y sus dioses y demonios surgen del entorno repleto de vida hasta en aquello que conocemos como inanimado. Atahualpa exigía que el nuevo Dios le hablara con la voz del trueno; que ese rectángulo de cuero y papel, ese habitáculo divino, le trasmitiera un mensaje tonante. El  lenguaje que aportaban los españoles era algo frío y lejano, un obstáculo antes que una forma de unión con su dios o dioses. Viracocha era algo inmediatamente aprehensible para el aborigen. Se lo veía en los rayos del sol, en la voz del trueno, en la gracia de la lluvia. Viracocha hablaba a través de la naturaleza, del mismo modo que a los hombres del Antiguo Testamento, cuando esa Biblia que fue la causa inmediata de la aprehensión y la muerte del Inca, aún no había sido puesta por escrito.

En una percepción arcaica del mundo, lo real se expresa no mediante la cohesión gramatical sino a través de la liberación de fuerzas. Por eso, en muchas mitologías, el trueno es el decir supremo del dios; es expresión plena del ser. Se expresa así la physis por la materia rugiente. Estallidos y resonancias expresan antes que juicios y ordenamientos gramaticales.[1]


Del mismo modo, la actitud del Inca funda las bases de una literatura y en especial una poética, que es el tema que nos preocupa. La voz de Valverde, sus palabras que pasaban por el cedazo del intérprete, hablando de Dios en una lengua que ya entraba en el drenaje mítico de la modernidad, estaba lejos de tener la potencia del trueno que esperaba el Inca.

Yendo del siglo XVII y de los pormenores de la conquista a nuestra época, encontramos en corrillos y cenáculos literarios esa lamentable falta de trueno en la voz de los poetas contemporáneos. Son pocos los casos en que un texto nos sorprende con esa inaudita fuerza; puede faltar la calidad de las imágenes, puede haber carencia de ritmo o mal uso de figuras retóricas, pero si se mantiene esa misteriosa fuerza subyacente de la expresión, lo demás es cuestión de práctica, aprendizaje y madurez en el oficio.

Casi siempre los talleres literarios brindan una formación dudosa con lamentables resultados; nadie se propone enseñar al poeta cómo hacer descender el trueno en su voz. Cuando se plantea el problema, afirman limitados en su propia incapacidad, que con eso se nace; no es algo que se aprende,.

La fuerza del trueno que esperó Atahualpa, reclamando la fuerza y la polisemia del lenguaje del cielo, puede obtenerse siempre que estemos dispuestos a una intensa disciplina. El primer requisito es la entrega a la poesía, entendiendo por tal no una adhesión teórica, ni siquiera una vana renuncia al trabajo que no sea el literario. La primera noción de la entrega, es tomar conciencia de que no escribimos con el cerebro, sino con todo el cuerpo, y antes que nada con la sangre y los órganos.


En Japón, el poeta tenía esta rigurosa formación de la cual, el aprendizaje no sólo de los recursos poéticos,   la caligrafía y los medios de expresión que formaban tan sólo una de las asignaturas. El vate debía sumergirse en la naturaleza y practicar antiguas forma de gimnasia algunas de las cuales imitaban los movimientos de los animales para obtener su energía; el objetivo era activar las sutiles corrientes de su sangre en función de la poesía.

Es conocida la historia de Matsuo Bashō, su aislamiento y las largas horas de meditación frente a un banano. En Oriente se cuenta con un lenguaje que no admite metáforas, donde cada vocablo, cada ideograma en la forma que está escrito y se profiere, tiene una fuerza propia. Yendo a Bashö, su poema más famoso, aquel que mereció cantidad de tomos de comentaristas, de escolios y comentarios de todo tipo, es algo muy sencillo a nuestros oídos:

El estanque antiguo.

Salta una rana.

El ruido del agua.

La particular presión del pincel brindando a través de los ideogramas una sugerencia del estado de ánimo del poeta, la polisemia y la síntesis simbólica que logra con la figura del estanque antiguo, similar a la mirada de los dioses  interrumpida de pronto por el salto de la rana. El ruido del agua final, suena para los oídos japoneses como el trueno que aguardaba Atahualpa.

No conozco ningún taller que a sus miembros los oriente en la dieta, que los familiarice con el vacío; cuyo responsable procure que la sangre que circule por las venas  sea lo suficientemente potente como para producir poesía con las características del trueno.

M'illumino-d'immenso - Òleo - Patrizia-Morello


En Occidente, cuando Ungaretti escribió

M’illumino
d’immenso

lo hizo en la trinchera, sometido al hambre, a la inminencia de la muerte; a la situación límite que se vive en la guerra y que reemplazaría  a una disciplina corporal

Cuando decimos entrega, estamos hablando de ascesis; un compromiso que coloque nuestro cuerpo en función de la literatura que estamos creando. En los tiempos antiguos, cuando no existía la contaminación sonora que recorre las ciudades de los hombres, el trueno era la expresión máxima de sonido; la voz del firmamento cargada de significados. Hay que recuperar en nuestras letras esa potencia, esa significación múltiple del lenguaje del cielo, dirigido a la tierra con la intermediación del hombre.

La muerte de Atahualpa se produjo por esperar esta expresión de aquellos que debieron hablarle en un lenguaje divino.

¿Encontraría el Inca en la actualidad, esa voz que quizá sus huesos esperen en las ignotas Cajamarca, Quito o Quinara?.

La respuesta está en los poetas de hoy.

 

Gocho Versolari


[1] Ecos de la América mítica en Rodolfo Kusch

Esteban Ierardo

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Written by descalzo433

febrero 15, 2011 a 10:39 pm

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